PRÓLOGOAguas oscuras en un día de verano presagian que alguien va a morir. Como todo buen pescador, el padre de Graciela Lima les había transmitido esa sabiduría a sus hijas desde la cuna, con la misma convicción que les había enseñado a remendar redes y a colocar trampas para cangrejos en los bajíos.
Y aunque el agua que se agitaba bajo los acantilados era del color oscuro de las conchas de ostras, Graciela, en la mañana de su decimotercer cumpleaños, solo pensaba en que ya era un año mayor. Quería que fuera un día especial. Así que le estuvo suplicando a su hermana mayor que hicieran un pícnic en los acantilados, hasta que Leticia, recordando lo divertido que era, finalmente accedió.
Treparon por entre las rocas sueltas luchando contra el viento.
Comieron aceitunas y queso y compitieron por ver quién escupía el hueso más lejos. Se dijeron la una a la otra qué figuras adivinaban en las nubes y dejaron que el sol les enrojeciera las mejillas.
Luego, mientras Leticia dormitaba, Graciela se desató las gastadas botas de cuero, que ya le quedaban pequeñas y le apretaban los dedos, y caminó hasta el borde del acantilado. Miró hacia los peñascos que había abajo. Las rocas parecían los dientes de un monstruo y la espuma blanca que se formaba al romper las olas contrastaba con el color oscuro del agua. Cada ola salpicaba al aire chorros de agua marina que iban empapando su vestido.
Graciela se inclinó aún más por encima del borde y de las puntas de sus rizos goteó agua salada.
—Ven y mira hacia abajo si es que te atreves, dormilona —llamó a su hermana por encima del hombro.
Leticia se levantó soñolienta y se asustó al ver a Graciela en el saliente rocoso. El acantilado era muy alto.
—Mamá te castigará cuando vea tu ropa mojada —dijo Leticia, intentando no sonar muy alarmada. Su pelo negro le azotó la cara mientras se ponía de pie—. No te hará pastel. Regresa aquí.
Graciela la ignoró. Una hermana mayor mandona resultaba fastidiosa, sobre todo una como Leticia, que ahora tenía dieciséis años y por tanto era responsable ante la ley, además de ser obediente como debían ser las señoritas que mamá esperaba que ambas llegaran a ser.
Graciela se volteó y miró hacia el océano. De repente deseó que su vida consistiera en algo más importante que haber cumplido los trece años. ¿Remendar calcetines e ir al mercado llegaría a ser emocionante? Ni siquiera Leticia se lo podía responder.
—¿Qué plan tienes, burrita? —preguntó Leticia. Dio un paso hacia Graciela y luego otro, tanteando, como si pisara algo muy frágil—. Es demasiado alto para tirarse a nadar. Sal de ahí antes de que te caigas.
Graciela, sin hacer caso, se aferró al borde del acantilado con los callosos dedos de los pies. De entre las piedras calientes brotaban briznas de hierba.
—Me vendría bien un chapuzón —dijo con picardía. Sentía una gran satisfacción en llevar la contraria, aunque solo se tratara de Leticia.
—No seas tonta —dijo Leticia—. No sabes nadar. Retrocede.
Era verdad. Papá consideraba que nadar no era propio de una dama, otra cosa más que estaba prohibida.
Graciela se volteó para discutir justo cuando su hermana la alcanzó. De repente, el viento sopló con fuerza y la arrancó del acantilado.
Por un instante Graciela se sintió tan ingrávida como una cometa al viento. Los segundos parecían ralentizarse, pero el sentimiento de gozo fue fugaz. Solo tuvo tiempo de ver la angustia reflejada en el rostro de Leticia, que extendía la mano intentando salvarla.
Graciela cayó estrepitosamente en las oscuras aguas.
Se hundió mientras el mar la arrastraba lejos de la hermana que amaba, a un lugar donde todo se tornó frío y la luz desapareció. Los ojos de Graciela se volvieron pesados y escuchó cómo los latidos de su corazón se hacían más lentos. Finalmente, solo hubo silencio.
Descansó en el fondo del mar entre el llanto de mamá lamentando la maldición de tener hijas imprudentes. Durmió mientras Leticia moría de fiebre amarilla unos años más tarde, cuando la enfermedad llegó a los muelles desde Cuba. Permaneció inmóvil mientras su padre envejecía y se encorvaba con la edad. De hecho, yació en el légamo del fondo del mar hasta que los huesos de todos los que la habían conocido se convirtieron en polvo en los cementerios y su nombre cayó en el olvido.
Cuando por fin despertó, cien años después, Graciela se incorporó, sorprendida por la oscuridad del agua que la rodeaba y por su propia piel, ahora traslúcida. Los mixinos, que se retorcían como anguilas, succionaban los últimos trozos de carne que quedaban sobre sus huesos. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar antes de oír una voz en la oscuridad.
—No tengas miedo —dijo—. Soy Amina.
Graciela vio una luz pálida que salía de una criatura que jamás había visto. La cara, el cuerpo y los brazos de Amina eran gelatinosos; no tenía piernas. En su lugar, la túnica brillante que llevaba acababa en bordes irregulares semejantes al musgo español que cuelga de un árbol. Sus cabellos parecían algas que flotaban alrededor de su cabeza como tentáculos.
Amina le tendió una mano palmeada y le sonrió mostrando sus dientes de perla moteada.
—El espíritu de una niña no está destinado a morir —dijo—. Ahora eres parte de las profundidades, Graciela. Y yo seré tu Guía.
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